Sábado, 19 Octubre 2019

Pensamiento mágico en Las Rosas

La memoria de los pueblos guarda pequeñas historias que el tiempo va desvaneciendo. Dentro de esas historias mínimas se cuentan muchas que parecen salidas de un compendio de literatura fantástica, aunque ellas tuvieron la encarnadura concreta de hombres y mujeres que ya no están y que habitaron este pueblo. Escribe Jorge A. Cáceres.

Juan Pastor Valdéz llegó con apenas veintiséis años desde su San José de la Dormida, recién casado, a la estancia de Kemmis. Allí fue peón durante algunos años, mientras su esposa se desempeñaba como costurera, hasta que el fundador de Las Rosas abandonó para siempre el país. Después, alquiló unas fracciones de campo en El Rafango y Los Troncos, la suerte le fue generosa y aquel peón se convirtió en socio del por entonces  selecto Club Social. El ascenso social de Valdéz no fue adjudicado a sus méritos en el contexto del modelo agroexportador vigente ni tampoco a las relaciones que fue forjando con la élite local de comerciantes y estancieros, sino al supuesto pacto que había establecido con el demonio y un día de 1917, cuando murió, muchos afirmaron que a su velorio entró un hombre enteramente vestido de negro, que ni las buenas noches dio a los presentes y luego caminó lentamente alrededor del difunto. Al irse como había llegado, sin una palabra, hubo quienes aseguraron que una negra cola asomaba por debajo de su saco. 

Es probable que pocos recuerden a don Jorge H. Vivía cruzando la ruta, frente al cementerio, y casi todos los mediodías de invierno, allá por los años 60, se lo veía parado junto a un cerco de ligustros ubicado en calle Cerrito, entre Córdoba y Salta. El sobretodo entreabierto dejaba ver la estampita de un santo protegiendo su pecho; un bastón, una larga barba y aquel único ojo celeste debajo de su sombrero le conferían un aspecto particular. De él se decía que perdió su ojo peleando con el diablo en el basural del pueblo, donde lo encontraron muerto y comenzaron a velarlo. En la alta noche, don Jorge se sentó en el ataúd y un viejo corajudo lo tapó con su poncho, no fuera cosa que del susto se les muriera de nuevo. Las habladurías de la gente convirtieron a un hombre bueno en un personaje temido por grandes y chicos.

En la búsqueda de riquezas, poder o esquivar al rostro fiero de la pobreza, sea por ambición o desesperación, hubo quienes se embarcaron en la tenebrosa lectura de libros satánicos y los correspondientes ejercicios indicados en ellos. Teoría y praxis de un pasaporte a la locura.

Así, pudimos asistir al deterioro físico y mental de los N. Hombres trabajadores que vivían uno cerca del hospital viejo y otros en La Rinconada y que entre lecturas, conjuros, invocaciones, rituales mágicos, fueron cayendo en el terror, el abandono, el alcoholismo, la destrucción de sus familias.

Podría creerse que las víctimas de semejantes desvaríos se cuentan en las capas más pobres de la sociedad, entre personas que apenas pudieron aprender a leer y escribir. Un único ejemplo en contrario basta para dar una idea que el asunto es más complejo de lo que aparenta ser,  ya que el pensamiento mágico acompaña a la humanidad desde el principio de los tiempos atravesando generaciones y clases sociales.  Veamos.  

Ángel Guido fue uno de los más reputados arquitectos del país hasta su fallecimiento ocurrido en 1960. Fue el autor de obras significativas, tanto en la Argentina como en el exterior, aunque su nombre quedó ligado por siempre al Monumento Nacional a la Bandera, creación que compartió con el también famoso arquitecto Alejandro Bustillo y la colaboración de los escultores Alfredo Bigatti y José Fioravanti. Es pertinente señalar que en Las Rosas existen dos construcciones realizadas por Guido: la sede de la Sociedad Italiana con su sala teatral y una vivienda particular situada en la calle Rivadavia 428. Además de su labor como ingeniero y arquitecto, Guido escribió ensayos sobre arte y arquitectura, alguna que otra novela y también poesía. 

De lo anterior se desprende que se trató de una personalidad interesante en términos técnicos, artísticos e intelectuales. Es por ello que no deja de sorprender la revelación efectuada por Julio Gotheil, primer marido de su hija Beatriz, quien difundió una faceta desconocida del arquitecto: sus prácticas espiritistas. Según su yerno, Guido, sus tres hijas y él mismo se sentaban en una mesa de tres patas, tocándose las manos y la mesa comenzaba a moverse generando ruidos que eran traducidos a letras y palabras. Gotheil declaró que durante quince noches seguidas participó junto a los Guido en esa especie de código Morse espiritista.

Los períodos de crisis, con sus cargas de frustraciones, desesperanzas y aún desesperación, son terreno fértil para el pensamiento mágico con sus expresiones de superstición y apelación a supuestos poderes sobrenaturales; consulta de gurúes, adivinos, astrólogos, curanderos, brujos, chamanes; aparición de “iluminados por la divinidad” que “resolverán” todos nuestros problemas existenciales materiales y espirituales; proliferación como hongos de sectas y grupos religiosos que son percibidos como apetecible mercado por algunos políticos lo que convierte a esos mismos grupos en factores de presión.

Cada época es generadora de su propia locura y el ejercicio del pensamiento crítico es un imperativo de este tiempo, aunque naufrague en las aguas inclementes de la indiferencia o la burla de quienes creen que la crítica honesta es lo que están acostumbrados a hacer: desollar vivo al prójimo.

Jorge A. Cáceres

Hay una nueva forma de informarse. Una manera rápida, atractiva, dinámica y fácil.
La información que buscás adaptada a cada plataforma, para que puedas acceder estés donde estés.
Bienvenidos al nuevo medio de comunicación. Bienvenidos a Las Rosas Hoy.