Sábado, 19 Octubre 2019

Los comunes y los otros

Escribe Jorge A. Cáceres. Una visita guiada al cementerio tiene un grado de complejidad que está más allá de las buenas intenciones ya que presupone un auténtico desafío a la formación de quienes ofician de guías.

Para quienes hemos crecido en cercanías del cementerio, el mismo era un espacio más integrado al barrio, un territorio para el juego de los niños, alejado de fantasmagorías y hechos sobrenaturales y también –hay que decirlo- de destrozos. 

Por aquellos tiempos, todas las calles eran de tierra y tanto Salta como Río de Janeiro sólo conocían el riego en ocasión de algún entierro para aplacar el colchón de polvo, aunque lo realmente conmovedor eran aquellos cortejos a pie que acompañaban a los muertos del barrio –los velatorios se realizaban en los domicilios- en días donde la lluvia y el barro hacían aún más triste la jornada.  

En tren de recuerdos, uno rememora a aquella anciana ataviada con su saquito rojo y una cartera al tono, de quien se decía que sacaba subrepticiamente tierra del cementerio para sus prácticas mágicas; a un hombre al que la muerte de su hija adolescente enloqueció de pena y todos los días iba a acostarse en el panteón donde reposaba la niña muerta; a las mentas lejanas del entierro de Rosario López, el célebre cuchillero fundador de la dinastía de los Potrillos, muerto por un escuadrón policial en la década de 1920 y el discurso encendido pronunciado por un adolescente Lorenzo Moreno, en nombre de la Juventud Radical –cuando aún el radicalismo se pensaba revolucionario-; a un hombre borracho prendido de la reja del portón, en plena noche, llorando y llamando a su madre recién muerta y a don Ramón Veiga, con su acento de inglés, apoyándole la mano en el hombro y diciéndole: “¿Qué pasa, hijo?”, lo que provocó el desmayo del doliente; y tantas otras cosas donde la vida estaba más presente que la propia muerte. Desde luego, cómo olvidar aquella multitud, nunca vista en el barrio, que acompañó en 1969 a Adolfo Bello, estudiante rosense asesinado por la policía rosarina durante la dictadura de Onganía y cuyo nombre lleva una calle de la ciudad.

Sin embargo, cada 1º y 2 de noviembre, los alrededores del cementerio se convertían en una auténtica feria donde los puestos de bebidas, flores, alimentos, se disponían en los baldíos circundantes para atender al gentío que llegaba y a quien una legión de niños atropellaba al grito de “Señor, le cuido el auto, el sulky, el caballo o lo que sea”. Aquellos dos días eran los más ajetreados del año para doña Rosario de la Cruz de Medina y sus habilidosas manos -desde donde salían rosas y claveles de papel con lo cual arrimaba unos pesitos a su casa- y esos días, para todos, constituían la única e inolvidable oportunidad donde se podía saborear un helado en el barrio. 

Todo cambia y de ese ayer casi nada queda, salvo la costumbre de morir.

Ahora, y desde hace algunos años, se ha impuesto la moda de las visitas guiadas a los cementerios en una especie de mini tour necrológico y Las Rosas no ha sido ajena a esa tendencia. De hecho, el pasado 14 de marzo, el Museo Histórico Municipal organizó un recorrido por el cementerio, durante la tarde noche, guionado y guiado por dos conspicuos integrantes del mismo.

Al pisar un cementerio, deberíamos ser conscientes que allí se encuentran cosas esenciales e invisibles a los ojos: las pasiones y las vanidades, las mentiras, las alegrías y las tristezas, las desesperanzas y las plegarias, los besos y los abrazos, la oscura hipocresía y la faz luminosa de la sinceridad, los familiares y los amigos, los amaneceres y los ocasos del hombre, el recuerdo y el olvido, el amor y la insensatez de la enemistad humana. Al mismo tiempo, también allí, ante la vista se despliega la sociedad de clases, esa antítesis de la igualdad entre los seres humanos.   

Esa sociedad clasista fue expuesta de manera simplificada por uno de los guías, quien dijo que en los panteones están las familias pudientes, la clase media en los nichos y los “comunes” (sic) en la tierra. Se debe admitir que utilizar la palabra “comunes” fue algo lamentable y desafortunado porque si se sigue esa categorización: ¿se debería suponer que en los panteones están los “extraordinarios” y en los nichos los “más o menos”? ¿Y qué categoría utilizar para los restos de quienes estaban en tierra y fueron reducidos en urnas o directamente depositados en el osario? ¿Los “menos que comunes”?

El asunto fue que en la visita aludida, los guías focalizaron sus explicaciones en algunos panteones y la simbología que los ornamenta. Así, se dijo que dicha simbología tenía relación con cierta sociedad secreta y se describieron diferentes símbolos que adjudicaron a la misma. Se entiende que ese “secretismo” puede llegar a gozar de cierto “gancho” para los asistentes, pero cualquier persona que tenga una mínima curiosidad por ese tema sabe que la simbología presente en dichos panteones es usual en sepulcros católicos. Algo que es absolutamente congruente, puesto que fueron construcciones encargadas por familias de arraigada tradición católica y ejecutadas por constructores que profesaban ese mismo credo.

También se explicó que la clase media comenzó a utilizar los nichos en las décadas de 1960 y 1970. Otro grueso error. Los primeros conjuntos de nichos fueron construidos hace cerca de cien años y estaban ubicados al norte de la Cruz Mayor, a ambos lados del camino, donde aún persisten unos pocos. 

Con respecto a las sepulturas en tierra nada se dijo. Si se hubiera hecho un recorrido por esos sectores, quizás podrían haberse enterado que esa uniformidad que las caracteriza –con excepción de las ubicadas en el sector sureste- obedece a que se utilizó un molde diseñado y hecho por don Jorge Odetto (popularmente conocido como “El Yor”), gringo amable y simpático como hubo pocos en este pueblo, quien fue el primero en adornar de esa manera a las despojadas tumbas de los “comunes”. 

El caso de una visita guiada al cementerio tiene un grado de complejidad que está más allá de las buenas intenciones ya que presupone un auténtico desafío a la formación de quienes ofician de guías. De lo contrario, se corre el riesgo de que los visitantes se retiren de allí con desencanto o, lo que es peor, con la falsa ilusión de haber aprendido algo cierto. No vaya a ser cosa que a alguno de ellos se les dé por repetir lo que decía un viejo criollo: “Antes que por mal baqueano, prefiero perderme solo”.

Jorge A. Cáceres

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