Domingo, 22 Septiembre 2019

La historia oculta detrás del edificio municipal

Escribe Jorge A. Cáceres. La actual visibilización de la arquitectura salamónica opera como una suerte de pantalla detrás de la cual se oculta su pensamiento político, sus relaciones con el poder y su papel en una etapa significativa de la historia argentina.

El edificio mencionado por estos días como “Palacio Municipal” - con alguna pompa, es cierto - tuvo asignada una finalidad más plebeya al tiempo de su construcción: alojar al Mercado Comunal de Las Rosas. A principios de la década del 80, luego de estar cerrado algunos años, pasó a servir como sede de la administración municipal.

De acuerdo a la información divulgada por el Museo Histórico de Las Rosas, el edificio fue diseñado por el arquitecto Francisco Salamone (1897-1959), la conducción técnica fue llevada a cabo por el ingeniero civil Rodolfo Migone y la constructora fue Assa, siendo inaugurado el 1º de mayo de 1942.

Su habilitación vino a cubrir necesidades relacionadas con normas de higiene y salubridad que no podían ser satisfechas por algunos comerciantes locales, tal el caso de la venta de pescados y productos cárnicos y sus derivados que se conservaban y comercializaban sin una adecuada refrigeración. La presencia de cámaras de frío y fábrica de hielo en barra anexa estaba orientada al objetivo de ofrecer a la población alimentos en condiciones sanitarias más seguras. Por aquellos años, la construcción de mercados comunales en diferentes pueblos fue algo común.

En la actualidad, el edificio del ex-mercado ha trascendido las fronteras de la ciudad debido a la reciente valorización de la obra de Francisco Salamone, su diseñador. Este arquitecto e ingeniero diseñó más de 60 obras en por lo menos 25 municipios bonaerenses y algunas pocas en Córdoba. Hay una especie de “fiebre salamónica” que busca encontrar construcciones de Salamone en cada rincón de la pampa.

La actual visibilización de la arquitectura salamónica opera como una reivindicación del llamado “arquitecto invisible de las pampas”. Sin embargo, al mismo tiempo y de manera paradojal, esa visibilidad del Salamone arquitecto funciona como una suerte de pantalla detrás de la cual se oculta el hombre Salamone: su pensamiento político, sus relaciones con el poder, su papel en una etapa significativa de la historia argentina. 

Un arquitecto podrá aspirar a ser considerado un maestro del espacio, pero la obra arquitectónica no sólo es espacio, sino que está inserta en un tiempo histórico concreto y el tiempo de Salamone, aquel en el cual desarrolló un frenético trabajo, fue entre 1936 y 1940, bajo el gobierno de Manuel Fresco en la provincia de Buenos Aires. La estrella de Salamone brilló de manera efímera durante ese gobierno: antes y después no existió.

Manuel Fresco fue un fascista confeso y de acción, elegido gobernador bonaerense bajo el amparo del “fraude patriótico” durante la Década Infame, inaugurada con la caída de Hipólito Yrigoyen en 1930. No solamente era un admirador de Hitler y Mussolini, sino que llevó a la práctica acciones enmarcadas en esa ideología perversa e inhumana. Sus lemas “Dios, Patria, Hogar” y “Orden, Disciplina, Jerarquía” no fueron simples slogans: decretó la obligatoriedad de la enseñanza del catolicismo en las escuelas, persiguió a sus opositores políticos con patotas armadas, utilizó la Radio Provincia – creada por él con técnicos alemanes - para la difusión de sus arengas nazifascistas y por primera vez se utilizó la aberrante proclama de “Haga Patria, mate un judío”.  Dentro de su programa de gobierno, Fresco se propuso un ambicioso plan de obras públicas destinado a cambiar la fisonomía de la provincia.     

Dos arquitectos fueron los elegidos para llevar a cabo las construcciones “modernizadoras” de la provincia de Buenos Aires. Uno, Alejandro Bustillo, era hermano de José María Bustillo, ministro de Obras Públicas de Fresco y a él le adjudicaron la urbanización de la playa Bristol de Mar del Plata. Otro, Francisco Salamone, a quien le dieron el “patio trasero”, es decir el interior provincial. Se dice que Alejandro Bustillo fue el amigo de Fresco, pero que Salamone aparece como el mejor intérprete en la materialización de las ideas fascistas del gobernador. Cosas de familia, de pensamiento y de clase.

Así, Salamone se embarcó en su titánica tarea de diseño y construcción de monumentales edificios para municipalidades, mataderos, pórticos de cementerios, en pequeños pueblos de la campaña bonaerense. La originalidad de la arquitectura salamónica podría aparecer en la desproporción de sus obras con el entorno, aunque precisamente ese es un rasgo presente y distintivo en la monumentalidad constructiva de los totalitarismos: obras gigantescas donde el individuo queda empequeñecido bajo el peso ominoso del Estado.

Se ha dicho que los poderosos utilizan a los artistas para sus fines no siempre santos, pero Salamone no fue el sensible artista engañado por un poder que lo usó. Si así hubiera sido, bastaba para desengañarse con lo que él mismo vio: la manifestación de parte de la colectividad alemana, que enarbolaba la bandera del Tercer Reich durante la inauguración en 1938 del edificio de la municipalidad de Tornsquist, una de sus monumentales obras.

La caída de Fresco en 1940 lo arrastró a Salamone. En 1943 fue procesado por supuestas irregularidades en la licitación de una obra de pavimentación en Tucumán y por consejo de su abogado se instaló en Uruguay para evitar ser detenido. Volvió al país en 1945, cuando fue sobreseído de los cargos que sobre él pesaban.

Luego de su “exilio” en Montevideo, donde permaneció dos años, Salamone regresó a Buenos Aires y se instaló en un petit hotel situado en Uruguay 1231. Allí organizaba sus tertulias vespertinas entre cigarrillos, vermouth y póker. Si las amistades definen a una persona, se puede señalar entre sus más notorios contertulios al historiador Levene, Arturo Capdevila, Monseñor Lafitte, el médico Tiburcio Padilla. Un equipo de antidemocráticos.

Del arquitecto Salamone quedan sus obras, del hombre Salamone apenas vestigios o conjeturas. Quizás el fascismo dejó su marca en Las Rosas, aunque tal vez eso sea una simple hipótesis a demostrar.

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