Martes, 04 Agosto 2020

Una vieja historia

Carta de lectores. “Pareciera existir, en la historia política y social argentina, una línea vergonzosa que se extiende a través de prácticamente doscientos años: el desprecio a quienes menos tienen”.

Indios, gauchos, gringos pobres, chusma, cabecitas negras, negros, “negraje”, “villeros”, choripaneros, planeros, choriplaneros. Pareciera existir, en la historia política y social argentina, una línea vergonzosa que se extiende a través de prácticamente doscientos años: el desprecio a quienes menos tienen.

La historia es vieja. Desde aquel Federico Rauch, mercenario prusiano contratado por Rivadavia para exterminar a los ranqueles y que se jactaba de “degollar indios para gastar menos en plomo”, pasando por Sarmiento y su célebre “no ahorre sangre de gauchos, para lo único que sirven es para abonar la tierra”, o el mismo Sarmiento junto a prohombres de la Generación del 80 aplicando a los inmigrantes epítetos tales como “brutos, ignorantes, avaros, sucios, piojosos”, o esa misma oligarquía vacuna hablando de la “chusma ultramarina” devenida en “chusma yrigoyenista” en 1916, o el famoso “aluvión zoológico” con que se despachó el diputado Sanmartino de la UCR para hacer referencia a los diputados peronistas de origen obrero, hasta llegar al culto fetichista de los “exitosos” en pleno auge de aquel menemismo que arrojaba al hambre, la miseria y la desocupación a miles y miles de argentinos.

La expansión económica registrada en los primeros años de la década del 2000, y que se frenó durante el 2008, sembró la ilusión -en muchos de quienes se beneficiaron con la misma- de un crecimiento ilimitado y vimos aparecer nuevos ricos con un nivel de ostentación sólo comparable a minúsculos jeques petroleros. Es éticamente desagradable, pero está dentro de la estructura mental de esas personas y del sistema económico y cultural que nos rige. Lo preocupante es la actitud de muchos empleados y obreros o pequeños comerciantes y productores que expresan su desprecio hacia los más desprotegidos y vulnerados repitiendo lo que leen, escuchan o ven por los grandes medios. Sienten por el más desvalido una “superioridad” similar a la que siente un negro pobre en Estados Unidos por un hispano o un español pobre por un “sudaca”.

Entonces, cualquier medida gubernamental que apunte a crear aunque más no sea la ilusión de cierto grado de equidad social, llámese jubilación sin aportes, asignación universal por hijo, provisión de anticonceptivos, medicamentos o leche maternizada, actúa como un disparador de prejuicios, denigraciones y discriminaciones hacia los potenciales beneficiarios que, sinceramente, espantan.

Si humanamente es lastimoso escuchar con qué nivel de brutalidad, violencia, ignorancia, desparpajo e impunidad se aplican estas expresiones a millones de nuestros compatriotas sumergidos en la miseria, -la mayoría niños y jóvenes- mucho más preocupante es pensar que ellas responden a un modelo de sociedad que vastos sectores han internalizado como propio y donde la marginación es parte esencial del mismo.

El lenguaje que utilizamos nunca es zonzo, aunque digamos zonceras.

Jorge A. Cáceres.

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