Sábado, 06 Junio 2020

Adolfo Bello: a 51 años de su muerte, el rol de su entorno y del Estado.

Por Ariel Perez.* El 17 de mayo de 1969, Adolfo Ramón Bello tenía 22 años, era oriundo de Las Rosas, había terminado de prestar servicio militar poco menos de dos meses antes y se encontraba retomando su carrera universitaria en la ciudad de Rosario. Aquel mediodía fue asesinado en el interior de la galería Melipal de Rosario, en el marco de una protesta estudiantil, por el policía Juan Agustín Lezcano.

El mundo no salía aun de la conmoción por el asesinato del "Che" en Bolivia y los posteriores sucesos del Mayo Francés cuando la policía mató al estudiante Cabral en Corrientes. Durante el clamor por este homicidio y por la causa originaria (aumento cercano al 500 por ciento del arancel en el Comedor Universitario), solo dos días después y en manos de la misma institución estatal, también caía Bello.

A partir de entonces, sucedieron en corto tiempo la Marcha del Silencio, otra muerte, revueltas, paro de actividades, el Cordobazo, el segundo Rosariazo y otros acontecimientos que determinaron el fin de la dictadura del Teniente General Onganía. También se dieron las primeras incursiones del movimiento armado, varias bajo la autodenominación "Comando Adolfo Bello".

De todo esto último, el joven rosense apenas pudo llevarse la imagen de un policía que posaba un bastón sobre su hombro y apuntaba con una pistola a su cabeza, jalando el gatillo. De los datos sobre su identidad que citaban los informes nacionales, Adolfo solo había podido elegir su carrera universitaria: Ciencias Económicas; el resto del entorno que había logrado construir por fuera de sus lazos sanguíneos, tales como amigos/as, algún que otro amor y compañeros/as de estudio o de vivienda, nunca trascendió.

Las publicaciones históricas más conocidas entregan datos que no alcanzan a definir claramente en qué consistían las actividades que unían a la víctima con sus diferentes entornos, por eso es necesario ahondar el tema. En términos generales, Bello fue para el país el mártir que desató el Rosariazo y el proceso que llevó a la caída de Onganía, para Rosario fue el compañero de militancia cobardemente elegido por la represión y para su pueblo fue simplemente un muchacho introvertido y religioso que un "loco" asesinó de manera totalmente injusta ya que no se trataba de un activista político.

Así se suceden homenajes y conmemoraciones, tanto en la instancia local como la provincial, que en general resultan poco vinculados entre sí porque sufren una suerte de "tironeo" ideológico por parte de uno u otro partido político ó institución, e incluso desde la antipolítica. Sería bueno que los primeros aportaran más pruebas antes de ensayar una apropiación simbólica de la víctima; también que los últimos consideren que somos seres políticos por la mera circunstancia de vivir en una comunidad organizada y que la muerte no es injusta porque no militaba, es injusta siempre, sino estamos simplemente frente a una versión retórica del "algo habrán hecho".

Una certeza documentada es que no existió causa civil reparatoria. Otra, que en la causa penal aparecen muchos declarantes pero entre ellos ninguno de quienes han llegado a ocupar cargos de privilegio en el ámbito público o privado y que aseguran haber sido sus compañeros/as de agrupación política; lo mismo ocurre con sus compañeros de vivienda en Rosario y tampoco se puede encontrar en el expediente a algunos amigos del pueblo que aseguraron durante medio siglo haber estado en el lugar y momento del hecho.

No es el objetivo de esta nota soslayar el contexto represivo, nada menos que previo a la supresión absoluta de la democracia que caracterizó a los años '70, considerando ciertas precauciones que cualquier activista pudiera haber tomado a la hora de ofrecer testimonio presencial al mismo Estado que empezaba a hostigarlo. Pero ello no obsta a los aportes que 51 años después ese entorno puede hacer a la historia, como humilde ofrenda a la memoria de su compañero, conviviente o amigo.

Por ello, sirva este escrito como una invitación a la ciudadanía en general y a aquel entorno en particular, para romper prejuicios e incorporar nuevas categorías de análisis que permitan precisar mejor las circunstancias que rodearon aquel hecho. Quizás sea momento de tomar como necesarios, pero no como suficientes, los datos objetivos que entrega la realidad hasta ahora conocida.

Por lo pronto, de la fase investigativa exploratoria fueron surgiendo materiales y personas de importancia clave, de las cuales dos visitaron Las Rosas el año pasado en ocasión de conmemorarse el 50 aniversario y otras están a la espera de su registro testimonial. Más allá de los actos oficiales, es necesario el desarrollo de investigaciones históricas que permitan a los pueblos conservar su patrimonio cultural y aprender de los errores del pasado para no repetirlos.

* Ariel Perez es periodista investigador y guionista audiovisual.

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